Presentación de Dos Novelas, de Elvira Orphée

1)

En el final del prólogo a este libro hermoso que es “Dos Novelas”, Soledad y Guadalupe escriben:

“Elvira murió el 26 de abril de 2018 en Buenos Aires, sin saber que su obra comenzaba a despertar de nuevo. Y es que las lecturas pueden tomar giros imprevisibles. Autores fundamentales dejan de ser leídos, son a veces olvidados, o bien regresan con un vigor renovado. Este último parece ser el caso de Elvira Orphée. Hay, desde hace unos años, un incipiente pero fervoroso deseo de nombrarla, leerla, publicarla. Como si su obra estuviera volviendo, resuelta a interpelar el presente”.

Quisiera detenerme hoy, primero, en esta idea. La interpelación al presente. Como Soledad y Guadalupe, yo creo que, en efecto, las dos novelas que componen este libro han venido a interpelar nuestro presente. Y creo que esto es así por muchas razones, entre las que podríamos citar la elección de Elvira de situarse en una literatura que esté distanciada de discursos de las coyunturas y mucho más cerca, en cambio, de otros entramados más esenciales de la condición humana. O podríamos citar también su decisión de transitar por una escritura que cree en la prosa como el espacio de lo inesperado y no como el lugar de las correspondencias.

Creo que esas dos cualidades alcanzarían para hablar de este libro como una obra que viene a plantar la bandera de la discusión en un momento en el que muchos de los libros que se escriben tienden a acordar sobre lo ya acordado, aunque se pretendan polémicos porque como las violencias actuales. Libros que gustan porque se escriben, frase a frase, alterando el desorden natural del pensamiento para ordenar. Libros que gustan porque dicen a todo que sí: hablan de lo que hay que hablar y dicen lo que hay que decir.

Elvira no escribe sobre coyunturas.

Y, sobre todo, no acuerda sobre lo acordado.

Y eso es algo que ella despliega no sólo en el universo de sus temas sino desde la propia escritura: su prosa se caracteriza por respetar el desorden de nuestro pensamiento. Sus páginas son eso: un entramado de frases que son honestas con el desorden de nuestra forma de pensar; algunos describen ese gesto de Elvira como una forma poética.

Para mí, es honestidad.

Un profundo respeto por nuestra forma de pensar.

Y eso es lo que distintos y necesarios a los libros de Elvira.

Pero creo que Elvira viene a interpelarnos, también, desde otro lugar. Creo que hay en sus libros un rasgo que va más allá de las formas de la escritura disidente. Creo que son libros que interpelan porque hablan de la relación de las personas con el lugar. En especial Aire tan dulce. Creo que esta es una novela que interpela porque se sitúa en un espacio específico. Se sitúa en la relación que tienen las personas nacidas en una provincia con ese lugar. Y este es un tema que el campo cultural no discute ni quiere discutir.

2)

En el artículo titulado “Rebeldía, provincia, enfermedad. Autofiguración en Aire tan dulce de Elvira Orphée”, Soledad se detiene en esta relación entre Elvira y la provincia. Una relación que es, como lo advierte Soledad, problemática, compleja. Un vínculo plagado de tensiones y contradicciones.

Como lo explica Sole, Elvira, por un lado, expresa un rechazo e incluso desprecia a la provincia como lugar. Y así lo declara en distintas entrevistas, en las que ella dice cosas como “el día que me fui de Tucumán fue el más feliz de mi vida”. Pero, así como expresa ese rechazo, también lo explica Sole, la Elvira escritora toma la decisión de “aprovecharse” de ese lugar despreciable.

Dice Sole: “desde ese lugar de tensiones no resueltas, Orphée parece hacer un uso estético y estratégico del origen provinciano y de su experiencia vital en Tucumán para su proyecto narrativo y para la construcción de su figura de autora”.

Habría aquí, entonces, una primera relación con el lugar. La relación de Elvira con la provincia. Una relación que, desde lo humano, es de rechazo. Y, desde la escritura, es una relación de practicidad.

3)

Yo quería compartir aquí otra idea que no tiene vínculo con lo que le ocurre a un autor de provincia con la provincia. Me interesa, en cambio, hablar aquí acerca de aquello que les ocurre a los personajes de provincia con la provincia. Quería compartir, entonces, alguna idea que me parece que emerge en Aire tan dulce.

Pienso que esta novela está atravesada por una relación de los personajes con el lugar. Como el tiempo aquí es poco, podría sintetizarlo de esta manera. Los personajes de Aire tan dulce son personas que creen en un relato de orden que la Historia ha establecido sobre la provincia. Piensan a la provincia tal como la Historia la ha construido. Como un lugar de atraso, de chatura. El lugar donde no hay ocasión de, como ha escrito recientemente Mercedes Álvarez. Como un espacio al que le faltan cosas que, se supone, sí existen la gran capital. Y desde esa creencia se comportan. Atalita, frente a esa provincia que ella asume como una cárcel o un infierno, se rebela.

Vuelvo al mismo artículo de Sole.

Allí, ella explica que Aire tan dulce bien podría leerse como un encadenado de rebeliones. Porque si hay algo que Atalita hace en estas páginas es rebelarse. Contra el padre de provincia, contra la madre de provincia, contra el colegio de monjas de provincia. Se rebela Atalita, dice Sole, movida por un deseo de vivir la vida de aventuras que, para este personaje, es imposible de experimentar en una provincia.

Volvemos entonces a esta idea.

Atalita se rebela porque ella cree en esa idea de provincia. Transita las calles del mandato. Para ella, la provincia es ese relato. Quisiera poner de relieve aquí, entonces, una idea. Atalita se rebela contra todo. Contra todo, excepto contra esa imagen que la Historia ha construido para la provincia. Ella es un personaje que pone en cuestión todas las materialidades de su mundo. Pero no se pregunta si esa provincia que ella habita es realmente un infierno. No piensa, nunca, que ese infierno podría ser un relato impuesto. Lo asume, lo sufre, se rebela. Se rebela porque lo cree. Atalita, personaje rebelde, no se permite nunca pensar que esa ciudad que habita podría ser un lugar otro.

Una ciudad otra.

Un entramado de nervios distintos.

No se permite pensar en lo que ese espacio sí tiene.

Lo piensa y lo sufre porque cree en ese relato de la Historia que dice que la provincia es un lugar que se define por todo lo que no tiene respecto de una gran ciudad.

4)

En el libro Latinoamérica, las ciudades y las ideas, José Luis Romero dice que la Conquista podría pensarse como un plan bien concreto.

La Conquista tenía una misión: hacer de América Latina un conglomerado de ciudades. Romero propone la idea de que la ciudad fue el elemento elegido por la Conquista para diseminar lo europeo y la cultura del capital por todo el territorio latinoamericano. Se erigieron ciudades. Y esas ciudades se extendieron, como los tentáculos de un pulpo, incluso en el mundo rural.

América Latina fue, entonces, este encadenado de ciudades.

La ciudad era el plan.

Por qué la ciudad.

Porque la ciudad es un modo de ser. La ciudad es el territorio donde las personas, perdidas entre multitudes que no alcanzan a abarcar los ojos, están dispuestas a aceptar lo establecido y a perder la identidad.

La ciudad era el plan para ese otro plan maestro.

La instauración de la cultura del capital.

Desde esta perspectiva, yo me he permitido pensar a nuestras ciudades.

Desde hace ya tiempo, me pregunto.

Si Latinoamérica es un entramado de ciudades, ¿por qué razón, cuando hay que hablar de nuestros territorios, siempre hablamos de un encadenado de pueblos alrededor de una ciudad capital? ¿por qué razón elegimos hablar de las tierras adentro, de las ciudades de provincia, como lugares que no alcanzan a ser una ciudad?

Desde hace tiempo, pienso en algunas respuestas.

Yo creo que esto es así —yo creo que escondemos a las ciudades de provincia— porque había que disimular el plan. Había que esconder que el plan era convertir a estas tierras en un encadenado de ciudades.

Había que disimularlo porque se estaba implantando un absurdo.

La cultura del capital siempre fue un absurdo que, desde el sentido común, nadie estaría dispuesto a aceptar.

¿Quién aceptaría que se mutilara su esencia humana?

¿Quién aceptaría empezar a constituirse como sujeto sólo en la medida de su producción para la industria del capital?

Entonces había que disimular.

Expandir las ciudades.

Pero que esa expansión no se hiciera evidente.

Hubo, entonces, otro plan dentro del plan.

Desnombrar a las provincias.

Hacer de cuenta que eso que estaba por fuera de las capitales no eran ciudades sino pueblos, espacios rurales, lugares del atraso.

Que los edificios de provincia, entonces, fueran más bajos.

Que en las provincias las escalas fueran siempre menores.

Desnombrar y nombrar a la provincia al antojo de la capital.

Que no se dijera ciudad cuando se hablara de provincia.

Que se dijera pueblo.

Que se dijera caudillo, holgazán.

Que se dijera ignorancia, barbarie.

Rancherío y pobreza.

Que se dijera polvo, siesta, calor y atraso.

Que la provincia fuera sinónimo de territorio peligroso.

Que la provincia no fuera nunca sinónimo de ciudad.

Y entonces así se escribió el relato.

La provincia se construyó imaginariamente como un lugar de atraso.

Como un espacio que nunca alcanza del todo la civilización.

5)

Pienso en los personajes de Aire tan dulce de ese modo. Personas con los ojos vendados. Rebeldes y furiosas contra lo que les han dicho que existe. Contra esa ciudad a media altura que, para ellas y ellos, no es una ciudad sino un pueblo del infierno. Rebeldes contra lo que se supone que es lo provinciano.

Pero nunca contra el relato.

Nunca contra esa idea de provincia construida histórica e interesadamente desde la ciudad capital.

6)

En estos días, mientras escribía un ensayo sobre Huaco retrato, la última novela de Gabriela Wiener, me preguntaba acerca de las posibilidades que tienen las escritoras y los escritores frente al enorme desafío de escribir sobre las relaciones entre las personas que habitan los espacios periféricos y su propio lugar.

Me asaltaba una categoría.

“Literatura de las secuelas”.

Hay una palabra en inglés que es preciosa.

Aftermath.

Es hermosa porque refiere a algo que sobreviene después del desastre. Es linda, la palabra, porque ese algo pareciera no terminar. Entonces pensaba en una expresión que me parece bastante exacta.

“Literatura del aftermath”.

Porque eso es lo que hacen algunas obras. Narran lo que sobrevino y sobreviene después del desastre. Hablan de lo que la Conquista ha hecho con nosotros. Hablan acerca de algo que pareciera no terminar. Y pensaba que, al parecer, frente a esa relación compleja, las escritoras y los escritores suelen tomar caminos distintos.

Esos caminos se separan en un punto.

Por un lado, hay obras que recuperan el discurso de la Historia y entonces las provincias son pueblos y atraso respecto de la gran ciudad. Y, entonces, sus personajes se mueven en ese escenario construido y lo sufren. Y entonces sufren, esos personajes, sin poder ver lo que no pueden ver.

Estos son libros que conmueven porque están habitados por esa clase de personajes. Hombres y mujeres que están atrapados. Y entonces nosotros queremos entrar a las páginas. Y abrazarlos.

Por el otro lado, están las obras que, en cambio, recuperan el discurso de la Historia para discutirlo. Como si los personajes no tuvieran por qué habitar en ese mundo que otros han diseñado.

Gabriela, por ejemplo.

Su Huaco retrato narra el conflicto de la autora con un abuelo expropiador de retratos indígenas, pero el libro nunca se detiene en lo señalado acerca del Perú ni del ser peruano.

Gabriela no está, ni real ni simbólicamente, en el Perú. Ella se sitúa en otro espacio. Su punto de partida es el espacio de las ciudades a media altura. Aquellas que la Historia ha intentado disimular. Y esas son ciudades a las que no le faltan cosas, sino que están cargadas de elementos que, quizás, no les pertenecen. Cargadas de sedimentos extraños con los que las personas no se saben qué hacer. Quiero decir. Gabriela escribe acerca de un problema raramente narrado. El problema de esas pequeñas personas que habitan en las ciudades de media altura. Personas que llevan una vida de ciudad en un lugar que nunca es nombrado como ciudad sino como lugar infierno.

Huaco retrato puede leerse, en efecto, como un recorrido por las complejidades que atraviesan a esas personas ahora que han sido trasplantadas y puestas en un lugar y luego en otro y luego en el lugar que no puede nombrarse como ciudad.

Si Gabriela hubiera decidido hablar desde la voz de la Historia, su Huaco retrato sería una novela acerca de todo aquello que los colonizadores nos han arrebatado.

Pero ella se sitúa en otro lugar.

Escribe desde las ciudades de media altura.

Y allí, el conflicto no tiene ya relación con lo que la colonización nos ha quitado.

Gabriela escribe acerca de todo aquello con lo que la colonización nos ha cargado. Para Gabriela, el problema no es que a los habitantes de la media altura nos faltan cosas que existen en la gran ciudad.

El problema es precisamente otro.

El problema es que tenemos y somos lo que está en esa gran ciudad.

Pero somos y tenemos en un espacio de media altura.

Y allí, en esa escala, reside nuestra la complejidad.

7)

Cierro.

Pienso en literatura de Elvira desde ese lugar. Pienso en estos libros como objetos situados en ese espacio. En ese día después del desastre.

Y en ese día después del desastre —y tomando alguna imagen de Benjamin—, podríamos decir que los personajes de Elvira habitan en un pantano. Han sido atrapados por el relato que la Historia escribió para hablar de la provincia. Ellas y ellos se rebelan. Pero eso sucede en un teatro del mundo. Entonces los personajes llegan a los bordes de ese escenario y vuelven a empezar.

Y entonces nosotros quisiéramos hablarles.

Decirles que todo va a estar bien.

Que no es el fin.

Que lo único que ocurre es sólo eso.

Que hemos venido al mundo aquí.

En estas ciudades a media altura.

Y que estas ciudades son sólo un lugar.

Y digo esto y pienso que no se me ocurre un rasgo más bello para un universo literario. Estar habitado por personas que no alcanzan a ver todo aquello que no están viendo. Personas que se mueven inútilmente.

En los márgenes de ese escenario construido.

Sin poder escapar de las secuelas del plan de la Historia.

Personas que parecen presas, eternamente, de los tentáculos.

Presas, tal vez para siempre, de ese momento que nunca termina.

El instante eterno del aftermath.

Lean a Elvira.

Muchas gracias.

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