1)
“Políticas de escritura”, es el título de esta charla. Quizás, me gusta más pensar en un sinónimo de esa expresión. “Decisiones” de escritura. Porque los escritores y las escritoras no hacemos otra cosa. Tomamos decisiones. Escribir es tomar decisiones. Y como la escritura es arte, creo que es importante señalar que cada una de esas decisiones que tomamos van a intervenir en el campo de la cultura. Incluso me pregunto si escribir no es nada más que eso. Trabajar para encontrar la forma en que queremos intervenir en el campo de la cultura. Incluso creo que eso es lo más difícil de la escritura. Pensar si realmente tenemos algo para decir. Y si ese “algo” es históricamente necesario, como diría Adorno.
2)
“Políticas de escritura: riesgos en la literatura actual” es, exactamente, el título de esta charla. Entonces pienso. Pienso acerca de algunas de las decisiones de escritura que tomamos los autores y las autoras y que, me parece, podemos distinguir claramente en este momento. Y luego podemos pensar, en todo caso, si esas decisiones ponen en riesgo a los escritores y a las escritoras. O implican un riesgo para nosotros y nosotras en nuestro campo cultural y social.
3)
A mí me parece que podemos distinguir con claridad algunas decisiones de escritura que toman las autoras y los autores en este momento.
Una es la forma que yo llamaría “la intervención desde la egolatría”. Me refiero a la intervención de autoras y autores que entienden a la literatura como un espacio para pensarse a sí mismos. Es una literatura que se queda ahí. Son autores y autoras que no están pensando qué lugar ocupan sus propias experiencias en el campo cultural.
La forma de la egolatría no busca pensar un campo cultural.
Comparto un ejemplo para explicarme. Hace un tiempo, en una entrevista, le preguntaban a una escritora por qué había decidido cambiar de editorial. La periodista quería saber si lo hacía para tener más lectores o por razones económicas. Y la escritora respondió que ella necesitaba ser feliz. Dijo que no buscaba tener más lectores. Dijo que ella necesita ser feliz y que para ser feliz necesitaba cumplir con una serie de ambiciones. No habló de ideas. Ni de discusiones políticas. Habló… de su felicidad personal. Y en esa misma entrevista, a cada cosa que le preguntaron sobre su obra, las respondió siempre desde el mismo lugar. La periodista le preguntó por qué en su obra hablaba de la muerte, y ella respondió que lo hacía porque, quizás, ella tiene miedo de la muerte de sus padres. La periodista le preguntó por qué escribía sobre animales, y contó una anécdota de su infancia con caballos. Y así.
En otra entrevista, el entrevistador le preguntó, a esa misma autora, si ella leía las críticas de sus libros. La escritora respondió con otra pregunta. Le dijo al entrevistador, en tono de broma: “¿todavía se escribe crítica en Argentina?”. Entonces. Por un lado, la escritura desde la felicidad personal. Por el otro, el desprecio por la crítica literaria, que es nada más ni nada menos que el espacio donde continúa la discusión política. El lugar donde se siguen poniendo en juego las ideas del campo cultural.
Yo entiendo que esa es una manera de intervenir el campo cultural. Las autoras y los autores que escriben desde la propia experiencia y sin pensar en una discusión al campo cultural. La forma de la egolatría. Donde lo único relevante es la propia historia.
Y encontrar una forma de escritura que tenga impacto para contarla. Una forma que “funcione”. Que es una palabra que me parece totalmente fuera de lugar en la escritura y en cualquiera de los lenguajes del arte. Me parece interesante señalar esta “forma de la egolatría”. Porque no es que esa forma no interviene el campo. Sí que lo interviene. Interviene negando el campo cultural. Las escritoras y los escritores de la egolatría intentan esconder la existencia del campo de la cultura. Intentan hacernos creer que la literatura es encontrar una frase que funcione y que se pueda explicar cortito en una red social. Se queda en la egolatría. Creo que es interesante señalar esa forma porque es frecuente. Diría que hasta es predominante en este momento. Y creo que es predominante porque es una literatura que es más fácil de explicar en las redes sociales. Sólo se necesita apelar a las emociones como el miedo, el terror, la violencia y ya se explica. Porque todos tenemos esas emociones. Entonces es una forma que no necesita mucho más.
5)
Frente a esta forma de intervención aparece otra. La llamaría “la intervención desde las ideas”. Que es la literatura que, lejos de quedarse en la propia experiencia, busca discutir las ideas de orden y las formas literarias que dominan el campo cultural y social.
La intervención desde las ideas no está interesada en todas las ideas, sino en unas cuantas. Unas cuantas y precisas ideas. Las escritoras y los escritores que trabajan desde este lugar se interesan por la discusión de las ideas que dominan el campo cultural. Aquellas ideas históricamente instaladas en el campo de la cultura. Esas ideas que, de tan instaladas, a nadie le interesa discutir. Podríamos decir, incluso, que la intervención desde las ideas escapa de las ideas de moda. Y tiene, en cambio, un oído especial para todo aquello que el campo cultural y social no parece tenerlo.
Esta forma de intervención, además, y valga la redundancia, se escribe también desde formas subversivas a aquellas que resuenan en los espacios de dominio de la literatura y del campo cultural. La literatura de las ideas no discute desde la transgresión, ni desde la violencia ni desde el ruido de este tiempo. Porque la transgresión, las violencias y los ruidos circunstanciales, lo mismo que las ideas de moda, están desde hace ya más de un siglo instalados en el campo cultural en el espacio de la dominancia.
Pienso en dos autores. Emilio Jurado Naón, que ha trazado un programa de escritura desde una ascendencia lejana con Julio Argentino Roca. Emilio no tiene un problema personal con los Roca: lo que tiene es un problema cultural con la historia argentina. Su obra propone discutir la historia desde la propia historia. Repensar el presente. Y pienso en Gabriela Wiener, cuya historia familiar —la doble ascendencia, una madre chola y un abuelo alemán— tampoco es un espacio para alcanzar felicidades personales. El proyecto de escritura de Gabriela es, también, una intervención social. Políticamente interesada, como la de Emilio. El interés de traer a la discusión actual todo aquello que la historia ha silenciado.
Lo dicho. La literatura de las ideas discute lo invisibilizado. Las ideas y las formas que se agazapan en los márgenes. Parece empeñada en discutir lo que nadie quiere discutir. Si tuviera que pensar en una imagen, traería esta: la imagen del aceite en el agua. Me gusta esa imagen. Lo que ocurre cuando el aceite va al agua. El aceite pasa a formar parte de esa corriente líquida, pero no se integra. Se separa. Hace burbujas aparte. Yo creo que hay una literatura que hace eso. Se separa. Porque plantea ideas que no tienen consenso.
Son obras con un oído especial. Es una literatura que hace sus propias burbujas. No sé si observaron. Las burbujas de aceite en el agua se vuelven muy pequeñitas. Pero no desaparecen.